jueves, 31 de julio de 2014

 Palestina


Son ya tres semanas de la última y quizás más cruel invasión genocida del estado sionista de Israel contra el pueblo de Palestina. Miles de imágenes, cientos de análisis circulan por las redes de información refiriendo la masacre, sin embargo, personalmente, creo que semejante barbarie humana no resiste ninguna imagen distante, ningún  análisis académico, teórico, ni político ni aun los que cuestionan el terrorismo sionista,  menos aquellos que intentan cómplicemente ser “objetivos”.  Cualquier referencia al padecimiento del pueblo palestino que no se coloque sin explicación en  defensa de Palestina  se vuelve sin lugar a duda cómplice del holocausto sionista, pues semejante atrocidad humana no resiste argumento alguno, por tal motivo su condena total y absoluta no debe sostenerse en ningún argumento, sino en la exigencia ética por la justicia.

Así, no es mi intención argumentar a favor de Palestina ni en contra de Israel,  imperativamente soy palestina, porque soy humanidad que se humaniza, simplemente porque es  un mandato de justicia. Sobre esta premisa ética me permito, con todo el respeto que merece el sufrimiento del pueblo palestino y sobre todo el de sus niños y niñas, condenar, con la fuerza no de la razón sino de la ética, el crimen, la infamia, la crueldad obscena del poder asesino que hoy, encarnado en el sionismo, avergüenza a la especie humana.   Estar  con Palestina nos compromete con la justicia y nos obliga a realizarla en cada acto de nuestra vida, pues cada uno de nuestros actos exige ser un acto ético que ponga límite al poder asesino, que de manera infame e indigna está asesinando al pueblo de Palestina.  
Ante el genocidio perpetrado en Palestina, renuncio al análisis académico, a la información massmediática, a las explicaciones políticas y a toda la indiferencia retórica y estadística implícita en esos discursos. El sufrimiento del pueblo de Palestina, expresado fundamentalmente en los rostros de sus niños y niñas, me obliga a situarme cara-a-cara con su existencia violada, la misma que  me interpela por justicia. Este cara-a-cara con el rostro que denuncia la injusticia y miseria humana inscribe en mi cuerpo y en mi memoria la prohibición ética de olvidar esta demencial crueldad del poder,  particularmente del sionismo fascista.  Así como no voy a olvidar el rostro palestino exigiendo justicia y dignidad humanas, tampoco voy a olvidar la máscara cínica del poder  inhumano de los sionistas y de todos aquellos cómplices de su atrocidad. 
Por último, asfixiada por esta impotencia indigna a la que el poder nos condena al sitiarnos como espectadores de su crueldad, solo me queda pedir perdón al pueblo de palestina y sobre a todo a sus niños y niñas, pedir perdón por la estupidez humana  que los flagela, pedir perdón por la barbarie que sufren, pedir perdón esperando que nunca perdonen la crueldad a la que han sido sometidos como pueblo y que su padecimiento pueda alguna vez recibir justicia y  hacer justicia.  Así también estoy obligada éticamente a agradecerles por su dignidad, por su justa resistencia, por su infinita trascendencia  humana que me solicita ser más  humana.

PERDÓN

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